Boli y pistola en mano

A pesar de que siempre se ha considerado a los periodistas como un cuarto poder, como un perro guardián del Estado es todo pura fachada. El periodismo es un oficio peligroso, donde aquellos que cuentan tanto lo que se quiere oír  como lo que no, están a merced de cualquier asesino. Lo de la protección en este asunto ya es muy relativo. 119 muertes en 2012, la cifra más alta desde hace 15 años. Pero no es solo una cifra. Son 119 nombres, 119 personas muertas durante el ejercicio de una de las profesiones más nobles que existen.

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El país más peligroso en estos momentos es Siria de donde 36 periodistas no volvieron el pasado 2012. Somalia se ha cobrado 16 muertes pero aquí no acaba la lista de lugares peligrosos. Tenemos que sumar otros países como México donde cualquiera que se atreva a destapar el más mínimo dato sobre asuntos de narcotráfico no vivirá para contarlo. Y si vive no será por mucho tiempo.

A falta de la protección merecida, y sí digo merecida puesto que no puedo considerar como protección aquella que proporcionan gobiernos ante la opinión pública cambiándola  después por asesinos a sueldo detrás del telón, muchos profesionales han decidido actuar. Este es el caso de Filipinas donde los propios periodistas ejercen su profesión pistola en mano. Literalmente. Ellos mismos se han unido formando grupos que consiguen saber dominar un arma asistiendo a clases de tiro. Los mismos que empuñan bolígrafo y pistola afirman que si quieren protección la única manera para conseguirla será manchando sus manos de sangre. Procuran jamás ir solos e intentan cubrirse las espaldas entre ellos, igual que si vivieran la vida de James Bond.

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Filipinas es un país en el que la libertad de prensa no ha conseguido recuperarse aún de la matanza de Maguindanao, en 2009 donde 58 personas y entre ellas 32 periodistas perdieron la vida. Una matanza de la que el Estado era totalmente responsable y por la que aún nadie ha sido condenado. Admiro realmente la valentía de estos profesionales que han tenido la fuerza suficiente para empuñar un arma y con ella proteger la veracidad, la transparencia y la información pero aún así esto no es la solución. Un grupo de personas no puede vigilarse las espaldas 24 horas al día y 365 días al año. Es totalmente inaceptable tener que escribir un artículo con un chaleco antibalas puesto o hacer una entrevista con la pipa en el bolsillo. Son solo parches. La solución no está en poner dentro de la carrera de periodismo la asignatura de tiro o la defensa personal. La solución está en destapar los entramados de corrupción que fomentan esos intereses que asesinan a los periodistas. Los organismos internacionales no pueden achantarse ante el poder de un gobierno negro que lleva en su historial demasiadas muertes. El asesinato de un periodista es la peor forma de censura que existe y en el mundo del que queremos presumir supuestamente no debería tener hueco.

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