Todo un mundo subterráneo.

El metro, ese mundo que se desarrolla debajo de las calles, ese mundo que nos presenta cada día una gran variedad de personas y situaciones. Todo ello a través de largos pasillos que se convierten en estampidas, trayectos que parece no acabaran nunca, escaleras que parecen llevar al mismísimo infierno, voces que repiten continuamente “no introducir el pie entre coche y andén”…Gente con la que tienes una relación de apenas unos minutos o incluso segundos, y que en tan poco tiempo te sorprenden con historias diferentes cada día. Tú sentado en el vagón simplemente observas y analizas a cada uno de ellos.

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Es impresionante la diversidad de gente que se encuentra uno al recorrer cada día las vías del metro. Desde esos empresarios con traje y maletín en mano que realizan su rutina diaria de trabajo, estudiantes universitarios cargados con sus carpetas, niños que miran con detenimiento todo lo de su alrededor, gente pidiendo aunque sea unos céntimos para poder llevarse algo que comer a la boca.

Y como no, los músicos. Da igual en que zona o en que  estación estés siempre una melodía inundará tus oídos, a veces alegres, otras tristes, más buenas o más malas, pero siempre alguien que se gana la vida dando a conocer su música,  todos con la misma ilusión y ganas. Todas las mañanas al entrar en el metro el hall se convierte en un escenario en el cual un genial violinista toca sus melodías, normalmente bandas sonoras de películas, una música espectacular y preciosa. A la salida, en un largo pasillo que parece nunca acabar, siempre el mismo señor con su gorro en la cabeza tocando su teclado. Pocos días falta a su cita, y cuando vuelve lo hace con nuevas canciones, puede que incluso cuando se va es para aprender nuevas melodías, ¿Quién sabe? Durante el día ese hueco del pasillo va cambiando de instrumento y músico. Todos con un mismo fin enseñando sus dotes musicales.

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Miles de anécdotas que compartir que hacen más agradable el trayecto diario. Días de huelga en los que al llegar al andén ponga que el tren tardará menos de cinco minutos y sentir un subidón inexplicable. Pero, por otro lado, mirar a tu alrededor ver el andén abarrotado de gente, y cruzar los dedos para que no suban todos en el metro. Conversaciones que si te paras a escuchar, sorprenden. Personas que corren como si de Usain Bolt se tratara, y que son capaces de hacer cualquier tipo de malabarismo para poder entrar en el vagón antes de que las puertas se cierren ¡Nada que envidiar a la película Matrix! Escaleras mecánicas que no funcionan justo el día que más cansado y cargado vas, deliciosos olores provenientes de los establecimientos cuando estás muerto de hambre o largas esperas el día que más prisa tienes, si ya lo decía Murphy.

Todos los días la misma rutina, el mismo trayecto, gente que va de un lado a otro, trenes viejos, nuevos, más gente. Sí así es el metro.

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