Cuando fotografíes Madrid, piensa en mí

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“Cogíamos el autobús desde el barrio de La Coma. Él, con esos aires de Pío Baroja y padre de la Constitución. Yo, con las legañas todavía pegadas en los ojos. Los fines de semana solíamos madrugar para  pasear por Madrid y comer algunos churros. Nos movíamos como sombras entre aquella mezcla de neblina mañanera y gente trabajadora. Me daba la mano para cruzar los pasos de cebra, pero el resto del tiempo se dedicaba a señalar con la mano izquierda el nombre de las calles y me contaba historias del Madrid más bohemio. Con la otra mano sujetaba una Nikon de los años 70. Nunca la soltaba.”

Todos esos paseos tenían algo implícito que sonaba a himnos callejeros:

 José Díaz-Salado Albertos (1925-2013) no tenía pinta de fotógrafo. De vez en cuando llevaba al hombro una bolsa azul, vieja y desgastada, en la que guardaba una cámara de fotos. Le podías ver por la calle con una boina y unas gafas que le ocupaban media cara, pero nunca dirías que era fotógrafo.

Nació en la calle Trujillos, en Madrid, en uno de esos portales que vieron pasar los juegos de pelota y la pólvora de los años 30, la represión, la libertad y el desenfreno de años posteriores. Después de mancharse las manos en imprentas, comenzó a trabajar en un organismo público donde fotografiaba edificios derruidos para analizar el hormigón empleado en la construcción de los mismos. Pasaba muchas tardes encerrado en un laboratorio donde revelaba las fotografías de aquel mortero mancillado por el paso del tiempo. Cuando la profesión le permitía capturar algo que no fueran rocas, José fotografiaba a su familia y amigos del barrio en situaciones desprovistas de la técnica visual que requerían las imágenes de los edificios. Testimonio histórico y personal, sus fotografías siguieron formando parte de su día a día, aún cuando la jubilación vino acompañada de la vejez. Retomó los paseos por su Madrid natal, persiguiendo estatuas y monumentos que observaba a través del objetivo de la cámara.

“Recuerdo un paseo por Madrid. Estaba nublado. Vimos uno de esos parquímetros que habían instalado para controlar el aparcamiento. Me indicó que mirara extrañado a la máquina y que me agarrara la barbilla con la mano. Mientras abría el diafragma de su Nikon, me dijo que forzara la mirada, como diciendo para qué cojones serviría esa nueva forma de recaudar dinero. Después nos fuimos a comer un bocata de calamares al Brillante de Atocha mientras me abría algunos sobres de cromos. Seguía sin soltar su cámara.”

 Sentir la fotografía de una forma personal es amar la vida con el miedo a perder el recuerdo de los momentos cotidianos, los más sencillos, aquellos que configuran nuestro modo de ver y pensar la realidad. Si vemos pasar nuestra vida en imágenes, es probable que muchas sean las inmortalizadas en los carretes de las cámaras. La fotografía tiene algo terrorífico y fascinante. Es capaz de congelar el presente para recuperar el pasado en un futuro. Este era uno de los objetivos que buscaba José cuando apretaba el disparador de su cámara.

 “Meses después, cuando José había muerto, volví a su casa para recuperar una caja de zapatos donde guardaba sus viejas fotografías. Me senté en el sofá donde ambos solíamos ver las mismas imágenes que ahora reposaban en el interior de la caja. Recordaba alguna historia que me había contado sobre aquellos personajes en blanco y negro. Fui pasando las fotos. En algunas aparecía él, inmortalizado por su propia cámara.”

En una de mis últimas visitas le pregunté qué se le pasaba por la cabeza cuando escuchaba la palabra imagen. “Belleza y Satanás”, me respondió. No tan extrañado le pregunté por qué, y él me volvió a mirar para decirme que “la belleza es el norte del mundo y Satanás, el culo del mundo.” Las siguientes fotografías son el resultado de esta filosofía. Los dos primeros epígrafes, pertenecientes a las décadas de los años 60 y 70, guardan algo de esa belleza implícita que guía el mundo. El tercero esconde la parte más humana y triste con la que el fotógrafo se acercó, recién estrenado el siglo XXI, a lo que él consideraba el culo del mundo.

  •  La edad de la inocencia: Uno de los protagonistas de Cuenta conmigo decía en la película: Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Cielos, ¿acaso alguien sí?” ¿Qué hace de los primeros años de nuestra vida los más recordados, envidiados, odiados y añorados? ¿Recordáis las tardes de chapoteo en verano? ¿Las rodillas amoratadas después de correr detrás de los perros? ¿La curiosidad por la primera nevada? Nunca tendremos ojos que hablaran tanto como los de niño. Las primeras fotografías muestran algo de esto, de la inocencia perdida años después. (Haz clic sobre la primera imagen para ver el resto en modo presentación) Link La edad de la inocencia
  • Los años de despegue: ¿En qué momento empezamos a cambiar como sociedad? ¿Cuándo empezaron los viajes a la playa y las acampadas en la sierra? ¿Qué hay de las reuniones familiares, de la televisión y las bodas? Las próximas fotografías hablan como testimonio histórico de esa época que hizo de la libertad, bandera. Quizás el blanco y negro despisten, pero hay algo de fascinación por lo que rodea a los personajes: Link Los años de despegue
  • Madrid y sus desgracias: la presencia de los perros, esta vez como compañeros de viaje en la trastienda de la noche; las piernas flexionadas, recogidas sobre el pecho, para sentir algo de protección; periódicos del 2002, botellas de vino que brindan y dinero, poco dinero; miradas perdidas, otras complacientes, aún cuando la mierda de Madrid te convierte en sombra a los ojos de los demás. Estas fotografías en color muestran la cara más amarga de la ciudad. No sabemos cómo logró ganarse su confianza, pero creo que el fotógrafo terminó siendo amigo de alguno: Link Madrid y sus desgracias

“Esa Nikon de los años 70 descansa ahora en la estantería de mi habitación. Cuando me levanto, con las legañas todavía pegadas en los ojos, observo la cámara unos segundos y pienso que el objetivo es uno de los ojos que se escondían detrás de esas gafas grandes. Tiene gracia, pero a veces pienso que me está mirando. Cada mañana le devuelvo la sonrisa a la cámara y, con la misma ingenuidad del niño que sujetaba la bolsa de churros, me despido de ese fotógrafo anónimo llamado abuelo.” 

2 Respuestas a “Cuando fotografíes Madrid, piensa en mí

  1. Cuando fotografíes Madrid, piensa en mí. Homenaje de Javi a su abuelo, mi padre José Díaz-Salado fallecido en agosto de 2013. Mirando mi infancia través de sus ojos y su vieja cámara. Tanta ternura en un espléndido post. No deja de emocionarme cada vez que lo leo.
    Lola

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