Ey

En la pura conciencia de la adrenalina me impongo sobre un mar de esclavitud… y de violencia. La más intensa jamás vista, la que tiene lugar por la omisión de actos indescriptibles por el ojo de los que te rodean, y no me refiero a la que vierte sangre, sino a la que hace estremecer el cuerpo con sacudidas tales que resulta imperceptible para el mayor conocedor de los secretos del parque. Pero se intuyen, y se sienten como briznas de un único hilo de algas que serpentea por el ancho océano de indescriptible procedencia secular. Miles de hectáreas de rupestre origen alborozándose en pos del amplio núcleo de recuerdos y sombras que descomponen la autentica materia del descomprimido componente. Toneladas de palabras que se amontonan sobre una puerta de cristal, esperando ser liberadas en cadenas sectoriales y filo-nazis, obturando su propia asunción. Tú no puedes verme, porque el peso de todo mi ser te aplastaría, borraría del mapa y desintegrado, te haría escupir sobre la esencia del mal.

En pos de un único anhelo, volcamos la vida y la reparamos sin cesar, inactivos e incapaces de centrar el propio torrente alimenticio, sin saber muy bien que leer, sin saber muy bien que sentir, sin saber muy bien que alcanzar con los húmedos dedos de la victoria.

Palabras emitidas en un susurro que son capaces de hacer reventar ventanas de placer.

El día que explotemos en cólera, ni el viento se atreverá a reproducir nuestro sonido.

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