El Día de la Bestia

Millones de focos estaban puestos anoche en un lugar. Miles de cámaras, periodistas y aficionados se agolpaban en Mestalla para conformar durante un momento el epicentro del universo futbolístico. La cita que había a las nueve y media se llevaba esperando mucho, quizá unos llevaban ansiando tal acontecimiento desde hace tres años, con tintes de venganza, mientras que otros, simplemente, necesitaban un partido así para recuperar la pulcritud en una imagen desgastada por malas actuaciones en grandes partidos y ridículos como el reciente de Alemania.

No era fácil, para ninguno de los dos.

Debemos tener en cuenta que las bajas por lesión de ambos equipos iban a ser en cierto modo protagonistas, y es que no siempre se sale a jugar una final con una defensa en cuadro o con el Balón de Oro en la grada.

En cualquier caso, aun teniendo en cuenta que la Copa es un torneo menor, en el ambiente había algo que multiplicaba de manera considerable el valor de esta competición. Ese multiplicador no era otro que el prestigio y trascendencia del clásico más mediático del mundo del fútbol, Barcelona y Real Madrid se plantaron en el terreno de juego con la consciencia de que millones de personas habían depositado su confianza en ellos y con el convencimiento de que no se iba a ganar fácil pero había que ganar, del modo que fuera.

Sin ánimo de vilipendiar la señalada cita, tras escuchar el himno y con ello, los abucheos de algunos fruto de la ignorancia, (porque no hay que olvidar que los himnos no se pitan, los himnos se respetan) ambos equipos iniciaron el espectáculo con ideas bien diferentes.

Desde el minuto 1 quedó patente la intensidad con la que iba a jugar el Real Madrid el encuentro, lo que de alguna manera, supuso su ventaja en la final. Una presión agobiante con las líneas adelantadas acabó por asfixiar la salida de un Barça irreconocible y con una exacerbada pasividad. El gol de Ángel Di María a los 11 minutos de juego fue un tanto merecido porque el conjunto blanco ganaba la pugna por cada balón, corría más que el rival y por momentos, parecía haber erradicado cualquier resto de derrotismo pasado o complejo de inferioridad ante el cuadro azulgrana.

La realidad a partir del tanto madridista, fue que a pesar del ligero repliegue merengue, los de la capital siguieron siendo superiores. Karim Benzema dio una clase magistral de cómo recibir de espaldas, combinar y en general, jugar al fútbol. Isco parecía ser dos jugadores en uno, un ‘defensor puro’ y un virtuoso atacante, por otro lado, Ángel Di María nos engañó a todos y jugó con tres pulmones de una manera sobrehumana, flanqueado por dos asistentes de lujo, Xabi Alonso (más flojo ayer) y el croata infravalorado que desborda clase en cada jugada, Luka Modrić. En cuanto a la línea defensiva, Dani Carvajal, Sergio Ramos, Pepe y Fábio Coentrão orquestaron una defensa simétrica que tiró fueras de juego por doquier y mitigó el juego de los espectaculares atacantes culés.

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En el Barça, lo que se echó en falta desde el inicio, fue el hambre de victoria que se pareció llevar Guardiola hace dos años. Si algo puede enervar en exceso a una afición de un club del más alto nivel, es la apatía de sus jugadores. En concreto de la estrella del equipo. Ayer, Leo Messi deambuló por el campo entre risas frustradas y protestas. Ni siquiera la intensidad de Xavi, que arrancó por momentos ese juego preciosista, pudo luchar contra el pasotismo del argentino.
A la indolencia del astro, se sumó la de Cesc (sustituido), la de Iniesta y la de Busquets, todos ellos piezas clave en este equipo. De nada sirvió el orden de Mascherano o el buen partido en la segunda parte de Adriano tapando a Di María. Un Pinto aceptable y los brasileños Alves y Neymar, que generaron más polémica que juego, completaron un equipo con un protagonista claro, Marc Bartra. El joven defensa catalán, aterrizó en la capital del Turia con la difícil tarea de sustituir a Gerad Piqué, a pesar de su inexperiencia, y la verdad es que hasta el minuto 84 fue el mejor jugador de su equipo, ya que creó las dos únicas ocasiones del Barcelona (lo que dice mucho del juego azulgrana de ayer), convirtiendo en una de ellas el gol de cabeza que puso el empate (inesperado) en el electrónico.

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Tras ese gol, con Iker Casillas libre de trabajo todo el partido, sólo nos queda hablar de un jugador en el cuadro merengue. Gareth Bale sabía que ayer era el momento más pertinente para justificar su estratosférico fichaje. Él no tiene la culpa de que se le observe con lupa, pero sí tiene la responsabilidad de demostrar quién es en realidad. En el Real Madrid, a pesar de las entendibles lesiones, ser bienintencionado no basta. Hay que conseguir los aplausos por parte de los múltiples, exigentes e inconformistas aficionados y que ellos pongan el acento sobre ti, en concreto, en una final sin la estrella del equipo, el galés tenía que ser el acento del Madrid, debía encontrarse y hacer olvidar a Cristiano Ronaldo durante 90 minutos. Era su oportunidad de oro. De manera que el galés, en el minuto 85, sorprendió a propios y extraños lanzándose a una carrera inexplicable físicamente, una carrera imposible dado el cansancio acumulado, aunque lo más sobrehumano fue la progresión a lo largo de los 50 metros que recorrió, cuando sobrepasó como una flecha a Bartra a pesar de salirse del campo y se plantó solo ante Pinto, al que batió por debajo de las piernas mientras los aficionados de todo el mundo se preguntaban QUÉ HABÍA PASADO. La celebración en el gol de la victoria madridista fue sonada en muchos rincones del planeta, pero alguien en una esquina de Mestalla, gritó y gritó mucho, por todo lo que se ha dudado de él y por las ganas de demostrar una identidad. El gol INEXPLICABLE, la carrera de la Copa, el Día de la Bestia.

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En el último minuto la tuvo Neymar para los suyos, pero el palo, la suerte de Casillas o nadie sabe bien qué, llevaron la Copa a las vitrinas del Santiago Bernabéu tres años después ante el mismo rival. Madrid, Barça, Valencia, la Copa y el arte del fútbol, para muchos, el deporte rey.

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